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La hipertensión, un factor de riesgo para patologías oculares

La hipertensión, un factor de riesgo para patologías oculares

Ayer, domingo 17 de mayo, celebramos el Día Mundial de la Hipertesión, una fecha designada para concienciar a la población de la importancia de vigilar este factor de riesgo cardiovascular que puede llegar a tener una incidencia directa en la visión. Llamamos hipertensión arterial a los valores que miden la fuerza con la que la sangre ‘golpea’ las paredes de las arterias cada vez que bombea el corazón. Los valores designados por la comunidad científica son 140/80 mmHg para designar el límite de la hipertensión, con alguna modificación según la edad, toda cifra que iguale o supere esta, se considera hipertensión y precisará seguimiento médico.

Un efecto secundario de la hipertensión arterial es el daño que puede producir sobre múltiples tejidos. De esta forma, puede así dañar la retina responsable de la visión. Salvo en crisis hipertensivas agudas, este daño se genera poco a poco y puede no producir síntomas hasta que se ha alcanzado a tener un daño grave. Ciertamente el tejido visual, la retina, es extremadamente sensible y una hipertensión no controlada y prologada puede ocasionar afecciones irreparables.

Por otra parte, la hipertensión puede ocasionar los siguientes efectos en el aparato visual. Desde el Instituto Oftalmológico Amigó queremos recordarlos:

Neuropatía Óptica Isquémica: por una deficiente circulación sanguínea en el nervio óptico.

Oclusión de la Arteria Retiniana central: ocasionada por el bloqueo del suministro de sangre a través de la arteria que va a la retina.

Oclusión de la Vena Retiniana: lo ocasiona el bloqueo de la vena que recoge la sangre desde la retina.

Todas estas patologías pueden acarrear disminución, cuando no, pérdida total de visión, aunque los primeros síntomas suelen ser la disminución de la visión en parte del campo visual, en forma de mancha fija oscura en parte o en todo el campo visual. El único tratamiento es el control de la tensión arterial. De este modo no solo evitaremos el daño no solo en la visión, sino también los posibles efectos no deseados en nuestro aparato circulatorio, cerebro, riñones y más.

Todos somos susceptibles de padecer hipertensión arterial, y la influencia de la herencia genética esta bien demostrada, aunque en ocasiones es la consecuencia de otras enfermedades, de origen cardíaco o renal. Así mismo, el estilo de vida incide directamente en nuestros valores de tensión arterial. El sedentarismo, una deficiente alimentación, la diabetes o la obesidad, son claros generadores de hipertensión, una enfermedad que cursa inicialmente sin síntomas pero que genera a la larga enormes daños y consecuencias en la salud.

La tensión arterial nada tiene que ver con la tensión ocular. Es posible que un oftalmólogo detecte hipertensión ocular en un paciente y que no por ello tenga que padecer tensión arterial alta. Ambos valores se detectan de forma independiente. Para medir los valores de la tensión intraocular el especialista debe realizar una tonometría. Sin embargo, para analizar la tensión arterial se usa el esfigmomanómetro, que puede ser eléctrico, de aire o de mercurio. Se trata del conocido manguito que se posiciona alrededor del brazo y se obtiene así la medida de la tensión arterial

Los dos valores que nos aportará el sistema que utilicemos para medir la presión arterial serán los correspondientes a la tensión diastólica y a la sistólica. Los conocidos como la máxima y la mínima y que tan solo indican el rango de la presión que puede medirse en cada paciente y se expresa en unidades de milímetros de mercurio (mmHg). Los valores situados por debajo de 130/80 mmHg son considerados normales. Si superan estas cifras debemos vigilarla, ya que estaríamos ante un caso de prehipertensión, e hipertensión si superan los 140/90 mmHg.

Recomendaciones para mantener una tensión arterial saludable:

  • Seguir una dieta cardiosaludable, incluyendo el consumo de verduras y frutas y reducir el consumo de carnes rojas y bollería industrial. Es conveniente reducir o eliminar la sal de las comidas, ya que el sodio que precisa el organismo ya lo aportan los alimentos.
  • Estar convenientemente hidratados. No es preciso esperar a tener sed para beber agua, ya que este es un síntoma de deshidratación.
    Hacer ejercicio moderado con regularidad, al menos 30 minutos de ejercicio aeróbico diario. Los últimos estudios indican que realizar esfuerzos físicos extenuantes no reportan importantes beneficios cardiovasculares.
  • No fumar y moderar el consumo de alcohol. Una copa al día de vino tinto al día o una caña de cerveza se ha demostrado que protege nuestro corazón y reduce la tensión arterial.
  • Reducir el estrés. Existen múltiples actividades para hacerlo, como practicar yoga, meditación o deporte.
  • Mantener un peso corporal saludable, evitando el sobrepeso.

Por supuesto, también debemos someternos a revisiones médicas periódicas y visitar a nuestro oftalmólogo al menos una vez al año, sobre todo si nos han diagnosticado hipertensión arterial.

 

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